La tiranía de lo predecible: el peligro de convertir nuestra vida en un algoritmo perfecto
elDiario.es · hace 10 h
La búsqueda obsesiva de la eficiencia y las calificaciones perfectas está destruyendo la capacidad humana de descubrir y equivocarse, como si la tecnología nos confinara poco a poco en nuestras preferenciasQuién nos robó el placer de rascarnos el ombligo
El despertador de Max Hawkins, un ingeniero de software de Google de San Francisco, sonaba cada día a las siete en punto de la mañana. Lo apagaba, se vestía y salía de casa hacia el café de especialidad de su barrio que tenía mejor puntuación en Yelp.
Minutos después, subía a su bicicleta para realizar un trayecto de exactamente 15 minutos y 37 segundos por la ruta que Google Maps determinaba como la más óptima. Tras ocho horas de trabajo, terminaba la tarde con sus amigos en una cervecería artesanal también con buena puntuación o en el césped de Mission Dolores Park.
Su vida era buena, cómoda, envidiable. Sin embargo, un día leyó un estudio académico que acabaría cambiando su vida por completo. En él se analizaban los movimientos de 100.000 usuarios de telefonía móvil durante seis meses y se concluía que sus movimientos eran completamente predecibles.
Él mismo se sintió así: programado. ¿Dónde quedaba el libre albedrío? Fue entonces cuando tomó una decisión radical: delegar sus decisiones en una serie de algoritmos aleatorios creados por él mismo para romper con todo eso.
Diseñó aplicaciones para determinar los lugares a los que iba, los restaurantes donde comía, la música que escuchaba e incluso los tatuajes que comenzó a hacerse. En los dos años siguientes abandonó su apartamento, compró un billete de solo ida a Vietnam y recorrió el mundo dejando que su ordenador eligiera su destino. Hawkins descubrió una desconcertante sensación de emancipación al librarse del peso de la elección, aunque la aleatoriedad absoluta pronto empezó a revelar sus grietas.
La prisión de las preferencias y el mito del atajo algorítmico
La historia de Max Hawkins, recogida por The Atlantic, sintetiza una forma de vivir muy común en las sociedades contemporáneas: la hiperoptimización.
Guiados por plataformas como Google Maps, TripAdvisor, Spotify o Netflix, los ciudadanos hemos delegado el descubrimiento a sistemas que garantizan evitar cualquier fallo o pequeña decepción. Ya no se visita un restaurante sin comprobar si ostenta cuatro estrellas o más, ni se inicia un trayecto urbano sin consultar el trazado más rápido. Esta búsqueda obsesiva de la perfección vacía la experiencia cotidiana de cualquier atisbo de espontaneidad.
Como señala el filósofo José Carlos Ruiz, ya no buscamos satisfacer nuestras apetencias, sino maximizarlas y llevarlas al perfeccionismo extremo. Todo esto genera una enorme presión, autoexigencia e intolerancia al fallo o a la decepción
El psicólogo, profesor y divulgador Buenaventura del Charco analiza la raíz de este pánico al error cotidiano: “Somos una cultura profundamente aspiracional”, asegura. “Ya no hacemos tanto las cosas por la experiencia, sino por la sensación de hacerlo bien. La funcionalidad de muchas de nuestras acciones es instrumental: no las ejecutamos por la acción en sí, sino para validarnos. Como señala el filósofo José Carlos Ruiz, ya no buscamos satisfacer nuestras apetencias, sino maximizarlas y llevarlas al perfeccionismo extremo. Todo esto genera una enorme presión, autoexigencia e intolerancia al fallo o a la decepción”.
Esta dinámica genera una paradoja importante. En el intento desesperado por garantizar que cada comida sea memorable, cada minuto aprovechado y cada compra perfecta, la tolerancia a la frustración se evapora. La posibilidad de comer mal o de perder veinte minutos en una ruta equivocada se percibe como una amenaza casi intolerable, reduciendo la existencia a una secuencia de microdecisiones preconcebidas (por otros).
Explorar o explotar: el dilema informático que define nuestro consumo
En el campo de las ciencias de la computación existe un dilema analítico fundamental denominado explore vs. exploit (explorar nuevas opciones o explotar las que ya sabemos que funcionan). Cuando un algoritmo de recomendación selecciona el siguiente tema musical o la próxima sugerencia gastronómica, debe sopesar si arriesgarse recomendando algo desconocido o mantenerse en el territorio seguro de las preferencias pasadas. La balanza del entorno corporativo actual se inclina abrumadoramente hacia la explotación comercial.
Los propios sistemas de recomendación necesitan arriesgar un mínimo. Siempre tiene que haber un porcentaje de exploración en la propuesta recomendada porque la explotación solo se realiza sobre los datos del pasado
Antonio Ortiz
— Analista tecnológico
Antonio Ortiz, analista tecnológico y autor de la newsl